Deudas que ahogan
Tiempo de lectura: 3' 14'' No. de palabras: 520
El país vive una ficción. Una falsa sensación de bienestar sostenida sobre pilares frágiles.
Vivimos en la Revolución del plasma ,de los teléfonos inteligentes y las cuotitas.
Según los expertos, varias causas conducen a esta nube de ‘buen vivir’. Cabe señalar que cuando Rafael Correa asumió su primera presidencia, hace ya largos cinco años, el Presupuesto General del Estado bordeaba los USD 8 600 millones. En 2012 es muy superior a los USD 26 000 y el próximo año- año electoral al fin y al cabo- seguro que crecerá significativamente.
Ese factor fue apuntalado por una economía que vive de una jugosa renta petrolera en épocas de altos precios internacionales (ahora en baja). Además, se recaudan más impuestos que antes y las remesas subieron los años pasados (hoy, las de España, están a la baja).
Ese dinero aceitó la máquina estatal. Más empleados públicos, carros del año con sirenas y choferes, restaurantes de lujo llenos de los nuevos burócratas que gozan de los privilegios que antes tenían los de la partidocracia, en fin una sensación de bonanza digna de un paraíso que no se compadece con las modestas posibilidades de los miles que cobran la caridad de los bonos y subsidios.
Todo eso funciona, o parece funcionar, mientras la máquina que convierte el oro negro en billetes verdes esté en plena marcha.
Lo de fondo sería definir un modelo que todavía no está claro, pero en el que el Estado juega un rol preponderante.
Tal vez es un error de apreciación pero me parece que mejor sería estimular la inversión nacional y extranjera que se establezca, seguridad jurídica de por medio, para generar empleo en el sector privado, valor agregado a y diversificar las líneas de productos exportables para no depender del petróleo, cuyo precio no controlamos, o de los metales y de las condiciones que nos impongan sus compradores y los dueños de nuestra deuda externa.
Mientras eso ocurre la economía dinamizada desde el Estado ha generado liquidez. El crédito para el sector productivo es magro mientras las líneas para el consumo, los préstamos de más pronto retorno, las tasas de interés más alta y las utilidades más seguras han venido generando la ficción de la bonanza.
Todo estaba bien hasta que se advierte que una parte importante de la población está endeudada. El problema es que la capacidad de pago, una relación estimable numéricamente entre nuestro nivel de ingresos y nuestras deudas, prende alarmas.
Ahora no se trata de echar la culpa a los consumidores, tampoco es una responsabilidad de la banca solamente ni cosa del paternalismo Estado que ha estimulado esta situación . Es una responsabilidad compartida que probablemente obligue a medidas que podrían desacelerar el ritmo de crecimiento y esta hipnosis de ‘ buen vivir’. Todo con una campaña ad portas que requiere de aceite que engrase la máquina de votos.


