Tiempo de lectura: 8' 4'' No. de palabras: 1335

La arrogancia de Hosni Mubarak, la grandilocuencia teatral de Muammar Khadafy o las alucinaciones dictatoriales de Saddam Hussein le fueron tan ajenas como la necesidad de hacerse notar.

Bashar al-Assad siempre fue un hombre discreto. Comparado con sus derrotados homólogos de Medio Oriente, el presidente sirio parece reservado, introvertido, acaso acomplejado, hasta víctima de una inseguridad enfermiza.

A pesar de las apariencias, nunca fue un hombre sediento de poder. Simplemente se plegó a la función presidencial y sus trágicos esfuerzos para lograrlo muestran bien que no estaba hecho para imitar a su padre, el temible Hafez al-Assad, que sometió a su país a sangre y fuego durante casi 30 años. Para decirlo de otro modo: Bashar al-Assad es un dictador a pesar de sí mismo.

Si bien ese error de casting fue al principio una fuente de esperanza para el pueblo sirio, rápidamente se transformó en decepción y terminó siendo causa de enormes sufrimientos.

En principio, nada lo destinaba al poder. Bashar hizo sus estudios en Damasco y terminó su formación como oftalmólogo en Londres. En 1994, tras la muerte de su hermano Basel, heredero designado de su padre, pasó a ocupar el primer lugar en la línea sucesoria y tuvo que regresar a Siria, donde entró en la academia militar para prepararse para su cita con la historia. Ese día llegó cuando murió su padre, en junio de 2000: con apenas 34 años tuvo que asumir la conducción del país.

Pasión por la informática

Pero sus verdaderas pasiones estaban lejos del ejercicio feroz del poder practicado por el fundador de la dinastía. Lo único que entusiasmó siempre a Bashar fueron las computadoras e Internet.

En 1989 fue uno de los fundadores de la Syrian Computer Society, especializada en el desarrollo de tecnologías de la Red, que se transformó rápidamente en terreno de formación privilegiado para políticos jóvenes y ambiciosos.

La presidencia de Bashar no comenzó con los mejores auspicios. En aquel 2000, Siria parecía apenas salir de la Guerra Fría. Aislado del mundo, maniatado por la ideología de un nacionalismo árabe teñido de marxismo y paralizado por las estructuras de una economía planificada, el país daba la impresión de estar perdiendo el tren de la modernidad.

Para evitarlo, Al-Assad decidió poner el acento en el progreso tecnológico, la apertura económica y la renovación de infraestructuras. El joven mandatario permitió a la gente común acceder a Internet, se multiplicaron los cibercafés, se autorizó la televisión por satélite y nuevos diarios vieron la luz.

Pero las esperanzas populares fueron demasiado ambiciosas, porque el cambio político no estaba incluido en ese paquete. Como la mayoría de los grandes pusilánimes, Bashar siempre se consideró un modernizador y no un reformador.

Al-Assad quería que los sirios dejaran su dinero en el banco y no en el colchón, que sacaran número y esperaran civilizadamente su turno en vez de llevarse por delante en las colas, que dejaran de temer a las escaleras mecánicas y utilizaran cajeros automáticos de billetes. Pero jamás se planteó la posibilidad de cuestionar la supremacía del partido Baath o del monopolio del poder que ejercía la familia Al-Assad desde 1970.

Desde ese punto de vista, la "primavera de Damasco", que comenzó en 2001 -intenso período de debates públicos y de toma de conciencia política-, estuvo fundada en un malentendido.

En su discurso de asunción, Bashar había alentado a los sirios a asumir un papel más activo en la reorganización del país. Pero olvidó fijar los límites. Cuando los intelectuales comenzaron a reunirse en salones privados para debatir el futuro, ignoraban hasta dónde llegaban los contornos de esa nueva libertad de expresión.

Cada vez que se reunían para pronunciar discursos inflamados sobre la corrupción, la democracia y el pluralismo, los esbirros de la Mukhabarat, la siniestra policía secreta siria, sentados en las cercanías, tomaban nota y confeccionaban listas.

En poco tiempo, la "primavera de Damasco" fue asesinada antes de nacer, sus jefes terminaron en la cárcel, se prohibieron los clubes políticos y los servicios secretos recuperaron el control de la vida pública. Esa fue la primera decisión hostil de Bashar ante una nueva era política en su país.

Durante mucho tiempo, la distribución de tareas en el seno de la jerarquía familiar demostró su eficacia. Imagen afable del régimen, Bashar hablaba de reformas, mientras que su hermano Maher y su cuñado Assef Chawkat, al frente de las fuerzas de seguridad, amordazaban a la opinión, y su primo Rami Makhluf controlaba el mundo de los negocios. La división del trabajo no podía ser mejor.

Al principio se decía que Bashar estaba atado de pies y manos por la "vieja guardia", todos fieles amigos de su padre. Pero ese argumento desapareció rápidamente.

Cuestión de carácter

Hoy, ya nadie se plantea si la apertura fracasó por falta de medios, de voluntad o de carácter para aplicarla. El problema reside en su temperamento: para proceder con verdaderos cambios, Bashar debía reducir la influencia del ejército y de los servicios secretos. Pero en el sistema instaurado por su padre esos dos pilares garantizan su poder y su legitimidad. Para oponerse a su familia y a quienes se aprovechan del sistema, Al-Assad tendría que haber obtenido su legitimidad a través del pueblo y gracias a las urnas. Pero le faltó el valor.

Para poner en marcha una transición democrática sin caos ni efusión de sangre era necesario tener coraje, visión política y la grandeza de un Gorbachov. Al-Assad no posee ninguna de esas cualidades. Por esa razón, el lastimoso vástago de "Hafez el implacable" perdió su cita con la historia numerosas veces, tantas que enumerarlas sería tedioso.

La actual, sin embargo, será la última. Mucho se ha escrito sobre esta quinta cita. Como sucedió antes, Bashar al-Assad tenía esta vez los medios para desactivar el conflicto introduciendo reformas radicales desde que se produjeron las primeras violencias. Podría incluso haberse presentado como el promotor del cambio democrático e instaurado un diálogo con los manifestantes en vez de cerrar los ojos ante la represión salvaje de sus fuerzas de seguridad.

Nunca lo hizo, por temor. Tras diez meses de sublevación popular y más de 5400 muertos -según cifras de la ONU-, esa deplorable copia de déspota medio-oriental ha perdido toda posibilidad de dar marcha atrás. Paradójicamente, a los tiranos siempre los pierde su cobardía.

El oftalmólogo que llegó al poder

DICIEMBRE DE 2000

Hombre de familia

A poco de asumir el cargo y mientras instrumentaba una tibia apertura política conocida como la "primavera de Damasco", Al-Assad se casó con la británica de origen sirio Asma Fawaz al-Akhras, con la que tuvo tres hijos varones.

MARZO DE 2011

Llega la "primavera árabe"

Las protestas por reformas sociales y políticas estallan en Homs. Con el paso de los meses y sin que se cumplan las promesas que Bashar hizo en abril, el país se cubre de un manto de violencia y represión que deja más de 5400 muertos.

JUNIO DE 2000

Llega al poder

Bashar al-Assad asumió después de la muerte de su padre, Hafez, que gobernó con mano de hierro durante 29 años. Bashar, oftalmólogo, fue designado sucesor del patriarca en 1994, cuando el heredero natural, Basil, murió en un accidente.

MAYO DE 2005

Retirada del Líbano

Después del asesinato del líder libanés antisirio Rafik Hariri, Al-Assad ordenó el regreso de las tropas sirias desplegadas en ese país. Al mismo tiempo comienza a cercenar el uso de Internet y a detener en forma masiva a los disidentes sirios.


Califique
2
( votos)