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En diciembre pasado, Enrique O., de 39 años, fue deportado de EE.UU. Fue parte de un grupo de 485 migrantes que retornaron a sus países en vuelos chárter. 34 de ellos eran ecuatorianos y el resto, de países de Centroamérica.

Su familia, a la que no veía hace cinco años, lo esperaba. Pero no en la sala de arribo de pasajeros del aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil, donde se conglomeran los parientes ansiosos con pancartas, globos y flores para darles la bienvenida.

Su esposa y dos hijos (de 10 y 15 años) estaban en la capital azuaya, la ciudad donde nació y a la que dejó la tarde de agosto del 2005. Les dijo que no fueran porque personal de la Secretaría Nacional del Migrante (Senami) lo trasladaría a su ciudad de origen.

Además, porque quería evitarles cualquier humillación por la forma en que son deportados los emigrantes (esposados).

Él recordó que la mayoría de sus compatriotas provenía de Cañar y Azuay, provincias que registran el mayor éxodo a Estados Unidos desde hace más de tres décadas.

En el 2011 hay un promedio de 150 deportados por mes (ver tabulado), la mayoría hombres del Austro. Según la subsecretaria Tania Álvarez unos son deteni-dos en la frontera entre México y EE.UU., y otros dentro de EE.UU., por indocumentados.

Según Álvarez, la cifra de deportados aumentó desde los atentados a las Torres Gemelas y se complicó con la crisis mundial y el endurecimiento de las normativas migratorias. Los datos lo confirman: en el 2007 hubo 186 deportados y un año después, 436.

EE.UU. también maneja una cifra récord del total de los deportados: 396 906 inmigrantes de los distintos países emisores, entre enero y septiembre de este año.

Para ellos es la mayor cifra desde que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas se creó hace ocho años. El año anterior registraron 393 000.

En la última lista figura Enrique, quien fue deportado dos veces. Fue detenido, encarcelado y secuestrado. De Cuenca salió en junio del 2005 huyendo de la falta de trabajo y de oportunidades. Laboraba como mecánico.

imagenCon el coyote acordó el viaje por USD 13 000, hasta tres intentos. A su salida de Ecuador canceló USD 10 500. 45 días duró la travesía, que la inició en bus, en la ruta Cuenca-Bogotá. En avión hasta República Dominicana, en avioneta por el Caribe Curazao-Islas Caimanes-Cozumel (México) y en yate hasta El Carmen.

Cruzó la frontera caminando y cuando estaba en los Estados Unidos fue detenido por la Policía de Migración y, luego, deportado. Según él, en el lado mexicano opera la delincuencia vinculada principalmente con el narcotráfico.

Además hay corrupción. En varias ocasiones vio que los coyotes entregaban dinero a los uniformados. “Ellos se venden a quien paga más. Cobran a unos por dejarnos pasar y a otros por detenernos para las mafias”.

Según él, con sus compañeros fueron detenidos porque el coyote pagó menos de lo que le dieron los narcotraficantes. “Eso lo supe en la cárcel. Me lo contó un ‘narco’ que me ofreció USD 50 000 por viaje para que maneje un camión que pasaba droga camuflada”.

Un mes después de estar con su familia partió a su segunda travesía casi por la misma ruta. Pero esta vez, en Cancún-México, estuvo secuestrado 45 días por los mismos coyotes que –vía telefónica- le exigían a su familia de Ecuador volver a pagar el costo total del viaje para llevarlo a EE.UU.

Allí vivió su más dura experiencia. Los emigrantes que llegaban eran divididos en dos grupos: para pasar la droga o para filmar videos pornográficos con niños y adolescentes. Enrique estaba en el segundo. Al tercer día los durmieron con sedantes tras el almuerzo. Cuando despertaron, las mujeres tenían una especie de ‘piercing’ en la vagina y los hombres en el pene. “Nos dijeron que eran para captar las filmaciones”. El cuencano descubrió que eran minirradares GPS porque cada vez que un compañero escapaba, en 4 horas era traído a la casa.

Vivían en territorio exclusivo de narcotraficantes. No estaban encerrados. La casa era una sola sala donde pernoctaban hasta 50 personas y dormían en esponjas en el piso. Esa vez eran 17. Enrique era aprovechado para arreglar los carros, por su condición de mecánico. Eso le sirvió para conocer la zona y preparar su huida.

Cuando llegó el día, escapó con otro cuencano que descubrió su intención. “No me quedó de otra para que no me delatara”. Viajaron en un taxi media hora. Para perder a sus captores se arrancaron el minirradar de sus genitales y los lanzaron en una alcantarilla.

Viajaron tres días en carro hasta llegar al Distrito Federal, capital de México, donde cada uno tomó su rumbo. Enrique se quedó 45 días con personas que conoció en sus dos travesías. En ese tiempo aprendió a comer chile (ají), el dialecto mexicano y consiguió papeles como ciudadano de ese país.

Con esto, si era detenido al cruzar la frontera lo deportarían solo hasta México. Con esas tres armas retomó la travesía por la frontera y luego de tres días y tres noches por Phoenix-Arizona llegó al país anhelado. Enrique no se queja, dice que allá nunca le faltó trabajo como mecánico. Al año fue detenido en un operativo de rutina, pero obtuvo su libertad. Cuatro años después cayó otra vez y pasó a engrosar la cifra de los deportados. Allí empezó parte de su angustia porque no había terminado de pagar la deuda adquirida.

Ha pasado 10 meses desde su llegada y Enrique cuenta que gran parte de los que venían con él en el avión ya volvieron a EE.UU. Enrique dice que por ahora no volverá a correr esos riesgos. En cambio su compañero, Jorge M., de 26 años, en estos días prepara su retorno ‘por el hueco’ (frontera de México) porque asegura que no consiguió cumplir el sueño de una mejor vida.

Él vivió tres años en Nueva York, pero en agosto fue deportado. “Allá se sufre, se vive perseguido, humillado… pero al menos es mejor la paga”, comentó. Enrique tiene otros planes de vida...

Otras aristas del problema migratorio

La Secretaría Nacional del Migrante (Senami) tiene  un programa de ayuda psicológica para los casos de personas deportadas, principalmente de EE.UU. Pero casi nadie se inscribe en estos proyectos  porque la mayoría tiene entre sus planes retornar, comentó Tania Álvarez, subsecretaria.

Para el psicólogo educativo Roger Bermeo, la deportación es un episodio durísimo, porque el emigrante  es expulsado como delincuente.
“Quienes han permanecido un  tiempo en EE.UU. no están preparados para retornar y lo conciben como un fracaso”. Pero muchos de ellos, una vez que se recuperan de la experiencia vivida, vuelven a intentarlo.    

Para el sociólogo Marco Salamea,  si la expulsión de ecuatorianos de  EE.UU. se acelera,  esto podría afectar a la economía de familias y del país.

Las remesas de los  migrantes siguen siendo el segundo rubro que sostiene la economía ecuatoriana, luego del petróleo. Según el Banco Central del Ecuador (BCE), el flujo de las remesas que ingresaron  al Austro en el segundo trimestre del 2011 fue de USD 184,9 millones, 3,9% más que  el primer trimestre (USD 177,9 millones).

Pero este rubro fue 1,6% menos en relación con el  segundo trimestre del año pasado (USD 187,9 millones). EE.UU. es el principal origi-
nador junto con   España e Italia. De estos últimos países,  los migrantes están regresando de forma  voluntaria, por la crisis económica.  


Punto de vista  Franklin Ramón /Psicólogo Clínico
 ‘El  deportado necesita apoyo’


El emigrante expulsado en primera instancia vive una especie duelo y dolor. Experimenta malestar, sufrimiento, pérdida, desarraigo y no quiere  admitir lo que está viviendo. Se aísla porque se considera desafortunado, avergonzado y fracasado.


Luego entra a una fase de ira, que es la vuelta a la realidad y donde aprecia los hechos con más claridad. Esto le lleva a una etapa de entendimiento, acuerdos y negociación con su mente y con las personas que están a su alrededor. Por ejemplo, dice a los suyos: “Ya no me toquen más el tema”.  Para quienes no han logrado salir de la pobreza es más duro,  porque ven truncado el sueño de mejores días para sus familias (hijos).

En el país están desorientados y quizás peor que antes de emigrar, sin trabajo y sin dinero. Eso los confunde más y suelen caer en depresión por los sentimientos de culpa, la alteración de los hábitos alimenticios y la preocupación.  Una persona deportada necesita el acompañamiento de un profesional y el apoyo incondicional de la familia desde que llega al país para fortalecer el sentimiento de alegría de estar cerca de los suyos. La idea es que se adapte y acepte su realidad.


El regreso de los deportados

La mayoría   de deportados corresponde a personas que emigraron en la última década  y no sacaron sus  papeles.  En parroquias como Checa y Chiquintad, donde se inició el éxodo hace 40 años,  apoyan la reagrupación familiar.

En los casos  de deportación, el Gobierno de    EE.UU. coordina con la Senami su regreso. Las autoridades estadounidenses  remiten  la lista de los emigrantes que serán deportados para ubicar e informar a sus familias.

Las personas expulsadas son entregadas  a miembros de la Senami, en los aeropuertos. Este personal les provee de  equipos de aseo y les ayudan para que   retornen  a  sus ciudades de origen en buses y se encuentren con su familia.



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