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Los niños hipercinéticos, antes de tener este diagnóstico y el tratamiento adecuado, son etiquetados como indisciplinados, molestosos, inquietos, distraídos, impulsivos, vagos... El largo inventario de faltas que estos niños cometen en el aula incluyen pararse del pupitre inesperadamente, salir de la clase sin permiso, hablar e interrumpir la explicación del profesor, arranchar las pertenencias de otros compañeros, tomar apuntes incompletos, entre otros.

Las madres y padres de familia reciben los llamados de atención y tratan de reeducar a sus hijos, pero el problema es más serio. El déficit de atención e hiperactividad (que sumados forman el cuadro de la hipercinesia) necesitan de un psicólogo clínico y en casos extremos incluso de un neurólogo o psiquiatra infantil, para que recete fármacos destinados a reducir los impulsos de estos niños.

“Mi hijo tiene épocas buenas y malas… pero hemos aprendido a vivir con esto”, dice la madre de un niño de 9 años, que lleva en tratamiento desde que tenía 7. “Hay que tener muchísima paciencia, sabemos que la falta de atención no es algo que él pueda controlar. Uno le puede decir guarda esto en la mochila, y aunque él escucha la orden, hace lo contrario”.

Esta madre, que pide ocultar su nombre, dice que consiguió apoyo en la escuela donde asiste su hijo. “Los niños con este problema se pierden con tanta información, entonces los terapeutas aconsejan que en lugar de ponerles tres preguntas seguidas en los exámenes, les pongan una por hoja, o que les den menos ejercicios de matemáticas porque ellos necesitan más tiempo para resolverlos”.

Se estima que entre el 3% y el 5% de la población infantil padece esta enfermedad. Las causas que la provocan son diversas, y van desde el nacimiento prematuro a los trastornos neurológicos. Oswaldo Bolagay, jefe de Salud Mental del Hospital Baca Ortiz, dice que no es fácil diagnosticar la hipercinesia y que hay que observar que los niños tengan al mismo tiempo trastornos de la atención, de la actividad, del impulso y que sean agresivos.

Para diferenciar el comportamiento de un niño con una inquietud normal de un hipercinético, Bolagay aclara que “el inquieto obedece y cumple las órdenes que le dan sus padres y maestros, el hipercinético, no”.

La hipercinesia es el primer trastorno en la estadística del hospital pediátrico de Quito. La medición fue hecha entre enero y abril de este año y se encontraron 777 casos y se atenderá a más de 3 000 pacientes con esta enfermedad hasta finales de 2012, según la proyección de los estudiantes del posgrado de Psicología Clínica de la Universidad Central.

Esta enfermedad infantil empieza a ser reportada cuando los niños van a la guardería. Los cuidadores se dan cuenta de que estos niños son inmanejables. Bolagay dice que no existe un tratamiento definitivo para el trastorno, sino solo paliativos. “La hipercinesia no se cura, solo mejora; y hay recaídas pese al tratamiento”.

Entre las recetas más efectivas están las técnicas de descarga de energía, básicamente hacer que el niño se canse, y la coordinación motriz y la atención. Uno de los ejercicios que el equipo del doctor Bolagay practica consiste en hacer que el niño se siente en una silla y fije su atención en algo, y le colocan una hoja de papel sobre la cabeza, que debe mantenerla durante 10 ó 15 minutos.

Se aconsejan además sesiones de terapia cognitivo-conductual; este método posiciona pensamientos e ideas positivas en el niño hipercinético como: “No eres malcriado”, “no eres inquieto”, “puedes hacer los deberes”, etc.

La enfermedad persiste hasta los 13 ó 14 años y luego desaparece. Solo un porcentaje muy pequeño de los pacientes arrastra los síntomas hasta la madurez y se convierten en adultos que van de ciudad en ciudad, cambiando de trabajos continuamente.

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